“A propósito de la Dependencia”, por Antonia Jiménez González

Antonia Jiménez GonzálezAntonia Jiménez González.- Desde que empezó la vorágine electoral, vengo asistiendo atónita al juego de tenis entre PP y PSOE, usando como pelota arrojadiza la Ley de la Dependencia, mientras a mí, en las gradas, se me revuelven las tripas de rabia y de asco hacia unos y otros.

Resulta frustrante escuchar, sin poder responder, cómo a Susana Díaz se le llena la boca presumiendo de atención a los dependientes cada vez que tiene ocasión en debates o entrevistas, o cómo su consejera de servicios sociales, en uno de los debates de Canalsur, considera la ayuda a la dependencia el cuarto pilar del “estado del bienestar”. Me permito ponerlo entre comillas porque hace tiempo que estos socialistas de pacotilla lo pisotearon y lo enterraron, mientras hundían a Andalucía en la corrupción de los EREs y los cursos de formación. ¿Cuántos de estos millones de euros se podían haber destinado a paliar los males que ahora nos aquejan?

Es cierto que la crisis ha sido como un tsunami que se ha llevado por delante derechos largamente peleados. Pero me niego a verla como si de una plaga divina se tratara. O como el mantra repetido hasta la saciedad, como si la simple mención de esa palabra, maldita, exculpara al gobierno del PP en la nación, y al del PSOE en Andalucía, de la responsabilidad de las decisiones que toman. El gobierno de Rajoy es responsable de la financiación que asigna, y el de Susana Díaz, además, decide cómo se usa el dinero. Ambos son responsables.

Hago esta reflexión porque creo que tengo todo el derecho del mundo a quejarme de una administración, la andaluza, que tarda tres años en llamar a mi puerta para valorar a mi padre, y que desde que apareció la persona encargada de hacerlo a día de hoy, 18 de marzo, han pasado seis meses, en los que la única ayuda recibida ha sido una carta, con la valoración, grado III con un 95% de dependencia.

Un gobierno que además tiene la desfachatez de mantener, con nuestros impuestos, una Delegación en Granada, en la que preguntar se convierte en una auténtica odisea, de un teléfono a otro, hasta contar, y no exagero, un total de quince, para que, por fin, cuando llego al lugar indicado y creo que alguien me  va a atender, un funcionario se permita el lujo de, al otro lado, descolgar el teléfono solo para volver a colgar y dejarme frustrada y con cara de tonta. Varias veces. No sé si lo hizo por mala educación, falta de respuestas, instrucciones recibidas o todo a la vez. La verdad, en este estado de cosas, la ingenuidad hace tiempo que la dejé por el camino.

Y esa es la Ley de Dependencia que tenemos. Eso sí, la Delegación está llena de secciones con personas colocadas, unas para valoración, otras para ayudas, y dentro de estas, otras para cada una de las ayudas que se tramitan, amén de las propias de los ayuntamientos, de las no contributivas y un largo etcétera.

Mañana, en la contienda electoral, seguiré viendo cómo Susana Díaz presume de atender las necesidades de los dependientes andaluces. Y cómo el PP promete una apuesta 100% por los servicios sociales y la dependencia, justo lo contrario de lo que hace Rajoy desde que llegó al gobierno. Palabras, promesas y mentiras, mientras yo sigo atendiendo, sin ayuda, a mi padre en la cama.

Antonia Jiménez González

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