“Almuñécar, la inocente culpable, una década ominosa”, por Ángel Ortega

ALMUÑÉCAR / Ángel Ortega. Uno de los períodos más negros de la historia contemporánea española, caracterizado por la brutal represión y regresión de las libertades, el progreso y la calidad de vida de la inmensa mayoría del pueblo español, tuvo lugar entre 1823 y 1833. Conocido como ‘la década ominosa’, fue la etapa final del reinado de Fernando VII, tal vez el peor monarca de los últimos 500 años, conocido como el ‘rey felón’. Puso fin a las expectativas de la revolución liberal, impulsada básicamente por la burguesía, cortando de raíz las aspiraciones de futuro de un pueblo.

Entiendo que es arriesgado el paralelismo con la década del gobierno Herrera, que estos días se cumple tras su acceso al poder municipal merced al pacto, sostenido en el tiempo, con sus socios de Izquierda Unida. ¿Qué cautivadora luz ha iluminado su imagen, qué secretos encantos adivinaron Tejero y Morgan en Herrera para decidir el acuerdo, al que contagiaron en 2019 por simpatía (en su acepción de influencia morbosa) a una formación que se definió como impulsora de la regeneración democrática?

En un mundo, el de la política, de continuas dudas, cualquier afirmación puede ser considerada una insolencia, pero es ineludible buscar las claves para llegar a la verdad, lo que exige un arduo camino y un llamamiento a la inteligencia y el sentido común. Descartada la coherencia ideológica en unos pactos ajenos a la realidad de las urnas, no quedaría otra explicación que un presunto lucro personal y/o económico. Obvio en IU y suficientemente desgranado en otros foros, acomodaticio en Ciudadanos.

Fruto de la sucesión de combinaciones implacables, vivimos la década ominosa de Herrera (2011-2021), en cuanto que ha supuesto la paralización y retroceso de la articulación de un nuevo modelo y proyecto de ciudad que se venía configurando durante el último gobierno de Juan Carlos Benavides, y que además se ha caracterizado por un retroceso en las libertades y la participación en la ‘cosa pública’.

Los dirigentes locales se han segregado del común vecino, se han encastillado, incomunicados de la realidad por inaccesibles muros, instalados cómodamente en el encierro de sus despachos; han quebrantado las bases del crecimiento económico, han destruido el tejido empresarial, defenestrado y alejado las inversiones públicas y privadas, tanto en el sector turístico como de servicios, han desatendido las necesidades de nuestra pujante agricultura, contemporizando y haciéndose cómplices del aletargamiento de las canalizaciones, dejando que las empresas malagueñas o los cultivos de Motril releguen el papel y el futuro de nuestro medio rural en los mercados. En 2011, a pesar de la crisis, estábamos en condiciones óptimas para el despegue y desarrollo de Almuñécar. Hoy, tras 10 años de Herrera, apenas queda algo de aquello, y la crisis del coronavirus ha venido a poner la puntilla a las inmensas posibilidades de futuro de un pueblo que luchaba por su porvenir.

La situación en 2021 es consecuencia de unos pactos fuera de toda lógica ideológica, hechos a costa de la voluntad expresada en las urnas por la ciudadanía. Tampoco hay que eludir la responsabilidad de los vecinos, que han permitido la almoneda de los sillones en los despachos. Almuñécar es inocente en la formulación, pero culpable en el consentimiento. Pactos que han propiciado, cual pésimos gobernantes, el sometimiento a la ciudad a una prolongada y degradante pérdida de peso y entidad económica y social; los vecinos somos instrumentalizados y sacrificados ante la falta de solvencia de un gobierno ineficaz que siempre acaba recurriendo al recurso fácil de echar mano al bolsillo de los contribuyentes, en forma de subida de impuestos y endeudamiento. Un escándalo político hábilmente enmascarado por una clase política municipal recurrente en la propaganda, en el selfi, con el que pretende encubrir su falta de gestión, protagonista de episodios de arrogancia y hasta cinismo en los modos y en los plenos, con una impunidad política rayana en la desvergüenza que, sin embargo, no ha tenido coste político ni ha provocado alarma social, pero que redundará en un creciente descrédito de las instituciones públicas y un desapego de los vecinos hacia la política. Actúan cual felones de nuestro futuro.

Pero no podemos caer en la fácil tentación del pesimismo; no debemos contagiarnos de esas actitudes y aptitudes de muchos vecinos que aceptan la coartada fácil del conformismo y el inmovilismo. Es la hora de la rebeldía, de quitar la mascarilla, como la novedad de la pandemia desde este sábado, y ver las caras reales de quienes están al frente de nuestros destinos. Desenmascararlos. Y de dar un paso al frente para defender un proyecto de futuro y de esperanza, no solo para nosotros, sino para las generaciones venideras. Esa es la apuesta de los andalucistas.

Almuñécar, 29 de junio de 2021.

Ángel Ortega Fernández.
Secretario de Convergencia Andaluza. Licenciado en Historia.

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Archivado bajo Almuñécar, Opinión, Política

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