Sentir de barrio para un emotivo pregón al Gran Poder de Motril

Sentir de barrio para un emotivo pregón al Gran Poder de Motril, por José Manuel González.jpg

MOTRIL. José Manuel González pronuncia el VIII pregón de la hermandad nazarena Domingo Aº López Fernández.

A las puertas de una semana santa que hace sentir con fuerza su más que inmediata presencia y que ya deja impregnadas sus particulares connotaciones en los sentimientos que viven día a día los cofrades motrileños, en la noche del sábado el altar de la iglesia de Nuestra Señora de la Visitación se convertía en solemne tribuna para pregonar a los cuatro vientos la glosa, la emoción y el sentimiento que anida en las dos imágenes de pasión que reciben culto en este señero templo, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor. El pregón de exaltación cuenta ya su VIII edición y para esta ocasión la junta de gobierno de la corporación que preside su actual hermano mayor, José Molina, había designado a una persona bien curtida en los ambientes cofrades, el periodista José Manuel González Arquero, a quien los años confieren ya un amplio bagaje en ese peculiar arte que permite encumbrar con tintes poéticos el sentimiento que mueve a la fe en la veneración de imágenes religiosas, ya sean de gloria o de pasión. Desde luego ese arte que es “único” en sus variadas formas y maneras solo puede brotar desde lo más íntimo del corazón con el ánimo de hacer trasmitir sensaciones que solo se pueden vivir desde la fe. Solo así se puede entender el significado del pregón y como tal quedó refrendado por los hermanos de hermandad y fieles en general que llegaron a abarrotar por completo el recinto eclesial.

El VIII pregón de la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor iniciaba su protocolo tras la eucaristía impartida por D. Alberto Sedano Rodríguez, consiliario de la corporación y párroco de la ermita de Nuestra Señora de las Angustias. En esos momentos accedía al ambón Andrea Pérez, vocal de juventud de la hermandad, para dar la bienvenida a los presentes y dar paso a las personas designadas para la presentación del pregonero, las hermanas Ginesa, María y Raquel González Correa. No es habitual que tres personas asuman al unísono el papel de presentador, pero en esta ocasión los vínculos familiares primaron sobre cualquier otra cuestión de protocolo y en calidad de hijas del pregonero cada una ocupó su lugar en los aspectos que querían hacer destacar. Con emoción y sentimiento recordaron los vínculos que ligan al pregonero al popular barrio de las Monjas, su juventud y los buenos preceptos ejercidos en su papel de padre. De su pasado cofrade hicieron destacar su ligazón a la semana santa motrileña, su labor como capataz del paso del Santísimo Cristo Yacente y el haber abanderado a la primera cuadrilla de mujeres costaleras que participó en el cortejo penitencial del sábado santo. Todo un lujo, pues para un sentido pregonero que rezuma esencia cofrade desde lo más profundo de su alma. Sin más requerían su presencia en el altar, quien instantes después hubo serenar su ánimo y hacer esperar a la concurrencia durante breves minutos para enmascarar el sentimiento que en ese preciso momento le embargaba.

A los compases de la escogida composición musical de Pearl Harbol, original de Hans Zimmer, el pregonero inició su canto de excelencia para pedir su venia bajo esos muros del convento que rezuman contemplación y amor. Y así lo hacía resaltar por ser parte integrante de un barrio de “pasado, presente y futuro, con el amor sincero que no tiene fronteras, con la gloria de los siglos pincelada en las paredes de un convento que da vida a pesar de las miserias de ese mundo que dormita en la indolencia y con el poder de un Cristo enmarcado en el mayor dolor de una Madre que sigue su destino a sabiendas que a su hijo le esperan tres clavos y una amarga corona de espinas”.

Bajo estas breves palabras introductorias José Manuel González hacía hincapié en aludir a los tres siglos de historia, espiritualidad y vida contemplativa que atesoran las Madres Nazarenas en la ciudad, motivo por el cual volvía a pedir la venia para hacer contemplar “esa maravilla hecha convento con sus inmensos rincones llenos de amor que nos invitan a recrear nuestros sentidos en el arte y la devoción”. Como bien dejó entrever, de bien nacido es ser agradecido y por ello traía a su memoria las vivencias atesoradas en su juventud en un barrio, el de las Monjas, que le ha marcado para toda su vida. Por ello hacía trasladar a los presentes sus imborrables recuerdos de su infancia cuando siendo niño jugaba en la calle Pocotrigo, en una de cuyas casas nació y en la que como parte indolente de la historia ve impasible “el paso del tiempo, junto al huerto de las Madres en el que descansan los ecos de la algarabía infantil y parte de nuestra propia inocencia”. Por ello llegó a afirmar que, “no puedo pasear por el barrio, transitar por la calle de las Monjas, pasar por el monasterio, bajar por San Fernando, atravesar Pocotrigo, y llegar al Camino de las Cañas, sin tocar una y otra vez sus paredes. De pasar por la cancela de esta iglesia y ver como mi mano hace la señal de la cruz. ¡Todas esas cosas pasan aquí!”. Desde luego así es y para su recuerdo quedan las imágenes de aquel niño rubio que aprendió a “rezarle a Dios, mientras merendaba sentado a las puertas de esta casa que el mismo Dios puso en la tierra, creciendo al abrigo de mi abuela Pepa y mi abuela Gracia, que me daban el mejor consejo sin olvidar nunca su mejor beso. Al abrigo de calles y callejuelas que se convertirían en el mejor refugio que un niño pueda soñar”.

Llegado el momento de exaltación a los titulares expresó que lo hacía con la humildad de la palabra para hacerse presente, sentida frase que hacía dirigir al Señor del Gran Poder. Como bien dijo, “para rezarte con la palabra más sincera, a decirte mis verdades, a contarte mis historias, a recrear mis sentidos en este enclave de recogimiento que invita a la catarsis”. Y por ello hacía afirmar que nada “le impedía decir lo que el alma le clamaba y lo que su corazón sentía”. También tenía palabras para su Madre aquella que bajo la advocación del Mayor Dolor “sigue sus pasos con resignación por mor de un destino impuesto”. Finalizaba su intervención el pregonero con un emocionado recuerdo a las Madres Nazarenas, “aquellas que me dieron y siguen dando amor eterno desde un rezo en clausura que se convierte en vida para los que os sentimos, para aquellos que lealmente contemplamos vuestra devoción infinita, vuestra entrega perpetua brindada a un pueblo que siempre os tiene en la más alta estima”. Y con ellos también a todos los cofrades, aquellos que “vienen a escuchar un hecho repetido en el periplo cuaresmal, que nos recuerda que el final, en verdad, no es final, más al contrario, es el principio. Porqué al final nos anclaremos a una Resurrección que no alcanzamos a ver con claridad, por culpa de las tinieblas del Calvario”.

Con un emocionado abrazo a sus hijas, familiares y hermanos de hermandad finalizaba la edición de este VIII pregón que ya ha quedado institucionalizado en el recoleto templo de las Madres Nazarenas. A continuación las felicitaciones de rigor de esos mismos familiares, del consiliario de la hermandad y la propia junta de gobierno de la corporación nazarena, además de personas anónimas y fieles en general marcan a las claras los ecos que ha suscitado un sentido pregón de quien se muestra con orgullo ser parte integrante del barrio que ha tenido el honor de escucharle. Enhorabuena pregonero.

 

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Archivado bajo Cultura, Motril, Religión

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