Vivencias y sensaciones de un sexitano en Japón, el país del sol naciente. Entrevista a Ricardo Montes Gadea

JAPÓN. Europatropical le pidió hace ya algún tiempo a Ricardo Montes Gadea una entrevista para que nos narrara su viaje a Japón, su experiencia personal, sensaciones, de lo que es, sin duda, un viaje singular. 

Queremos agradecer a Ricardo el tiempo dedicado a esta entrevista que seguro no les defraudará.


Entrevista a Ricardo Montes Gadea

¿Quién es Ricardo Montes Gadea?

Soy José Ricardo Montes Gadea, pero mis amigos me conocen como Richard. Almuñequero de nacimiento, granadino de prestado, y pucelano de sentimiento, soy un aparejador de 39 años residente en la actualidad en la capital de la Costa tropical, Almuñécar. Hasta el estallido de la crisis, trabajé aquí, en Málaga, Granada, Valladolid, y donde se terciara a continuación, todo en relación a mis estudios de arquitectura técnica, en Granada. Soy un aficionado a los juegos de mesa, al cine yanqui y español -y alguna que otra excepción en versión original- a la animación japonesa en general, y a la del Studio Ghibli en particular. Disfruto con los videojuegos de Blizzard y de Nintendo, y no hay mejor tarde que entre amigos, después de una agradable comida, en una sobremesa de buenos juegos de mesa, con sana competitividad. Aprendiz de mucho, y maestrillo de nada, ahora estoy buscando un nuevo destino profesional, en España o, si se tuerce el supuesto buen rumbo económico, donde se tercie.

¿Cuándo y cómo surgió su interés por Japón?

Empecé realmente joven, para los estándares de aquellos entonces, claro, a los quince años. El origen fue el estreno en Canal Sur de una serie de animación japonesa, Bola de Dragón. Anteriormente había visto a trozos, o de corrido, las típicas series de ánime que llegaban a España con cuentagotas, como Mazinger Z, Candy Candy, y la grandiosa -por aquellos entonces- Los Caballeros del Zodíaco. A partir de la antedicha Bola de Dragón, comencé a coleccionar su serie de cómics, entré en contacto con un otaku muy conocido por aquellos entonces, Rafa, que regentaba una tienda de cómics y videojuegos en el bazar de la plaza del ayuntamiento, el cual me alimentó de comics japoneses -manga- del grande, en mi opinión, Masakazu Katsura. Todo lo demás vino solo a través de amigos, conocidos, recomendaciones, pues pertenezco a un grupo de amigos que son todos, en mayor o menor medida, otakus -aficionados al anime, comic, películas y/o videojuegos nipones-.

¿Cuándo surgió la idea de viajar a Japón?

La idea surgió hará unos tres años y medio, en el curso de un banquete de sushi en nuestro restaurante favorito de sushi de Granada, el Kirin -nota: Kirin es un animal mitológico japonés con forma de unicornio, de grandes crines y cola-. Allí comíamos Alba, María Isabel y yo, los tres aparejadores y, como por asomo, salió el tema de que estaría muy bien viajar a Japón antes de los cuarenta. Charlamos animadamente del asunto y se me encargó la tarea de organizar el tour, qué visitar, cuanto debería durar, etc.

¿Por qué Japón?

En el caso de ellas solo puedo elucubrar. Ambas son amantes del sushi, especialmente María Isabel. Alba, por otro lado, ha visitado medio sudeste asiático, y era un país que tenía que tachar de su mapamundi de “he estado aquí”. En mi caso concreto, no soy un gran consumidor de cultura japonesa, pero puedo decir que consumo bastante más cultura nipona que la media del español de a pie. Su animación, tanto en series como en películas, sus videojuegos, y alguna que otra cosilla que me llamaba la atención. Pero, por encima de todo, el sushi. Lo probé por primera vez allá por el 2002, y me pareció un plato exquisitamente soberbio, pese a su simplicidad -de ingredientes, que no de preparación-. Surgida la oportunidad de ir, o de planificar el viaje al menos, todo fue un camino de baldosas amarillas que tenía que seguir.

¿Cómo ha preparado el viaje?

Por contra de lo que parece, no es muy complicado planificar un viaje a Japón. Internet ayuda muchísimo, hay cantidad de aficionados, emigrantes españoles que residen allí, y muchísimas páginas oficiales, y amateur, que enseñan cómo viajar, qué esperar, que errores culturales no cometer, etc. Ciertamente, podía haber ido más a salto de mata, pero el aprender el idioma, y las muchas tardes hablando de Japón con mi profesora de japonés, Yaekosensei -nota: sensei significa “maestro” en japonés. Se usa como sufijo tras el nombre o al apellido, para identificar de manera honorífica y educada a la persona que te enseña algún tipo de conocimiento-, me impelían a ir allí con el viaje más o menos planificado. Qué hacer, qué NO hacer, cuanta gente podía encontrarme que conociera el inglés allí en Japón, las reacciones de los nipones ante un occidental que habla -de aquella manera- su idioma. Además, tuve la inmensa suerte de que Yaekosensei me puso en contacto con la hija de una amiga suya, y pude disponer de una guía excepcional en mi primer día, Emisan -nota: san es otro sufijo de tratamiento honorífico en Japón. Se añade tras el nombre o apellido, y se podría traducir como “señor” o “señora”-. Después, con todos los sitios de visita más o menos importantes que me preparé desde aquí, gracias a recomendaciones o páginas web turísticas, pude guiarme sin problemas. Un móvil android, con su correspondiente GPS, es una ayuda inestimable.

¿Cómo discurrió el viaje?

Salí desde el aeropuerto de Málaga, a las 11 de la mañana. Volaba a través de una aerolínea escandinava, lo que me obligaba a sendos trasbordo de ida y de vuelta en Copenhage. Es una lástima que Málaga tenga ese gran aeropuerto internacional, pero el acceso a través de los arcos de seguridad sea tan lamentable. Pero lamentable lamentable. En el primer vuelo desde Málaga a Copenhage conocí a una encantadora pareja que venía de pasar unos días en Málaga. Él danés, ella cordobesa, estuvimos charlando muy amigablemente durante casi todo ese primer vuelo. Gente muy simpática, me enseñaron como se hace un saludo danés -pequeño abrazo con dos palmaditas en el hombro derecho-.

Ya en Copenhage, como mi transbordo era de apenas 55 minutos, no me dio tiempo de hacer casi nada, salvo agarrar mi mochila y buscar como loco la puerta de embarque con destino a Tokio. En los arcos de seguridad internacionales la cola era larga y gruesa, con solo dos entradas donde mostrar pasaporte y tarjetas de embarque. Llegué a temer que no llegaría a tiempo, pero al no tener que hacer ningún chequeo de equipaje o posesiones fue rápido, y me encontré delante de la puerta de embarque hacia Japón realmente rápido.

Allí conocí a una señora japonesa muy amable, que vivía en Dinamarca, pero iba a visitar a familiares en Japón. En inglés charlamos un poco, y me dijo, no sin cierta sorpresa, que a Japón no se iba a ver museos -cuanta razón tenía-. Charlamos un poco más y ya comenzó el vuelo. La ruta que toma esta aerolínea para alcanzar Japón es por el norte de Siberia, poco menos de 12 horas. Apenas conseguí dormir en el vuelo, en gran parte porque me encontraba en la cola del avión y el sonido de los motores era poco menos que demencial. La señora de antes me abordó en un momento indeterminado, entre paseo y paseo de los pasajeros para estirar las piernas, y me recomendó que fuera en la estación de tren de Ueno a un tabehodai, que es como se llama a los buffets libres en Japón, pero allí pagan por un tiempo concreto durante el cual puedes comer todo lo que quieras. Agradeciendo la oferta, intenté cerrar los ojos o leer o hacer cualquier cosa con tal de que no me castigara mucho el reducido espacio de la clase turista.

Aterrizamos en Japón con 5 minutos de antelación, poco más de las nueve de la mañana hora local. Me bajo del avión y empiezan las primeras sorpresas. “Bienvenido a Japón”, con música oriental relajante, agua que cae, motivos y adornos de bambú en carriles de pasajeros semidesiertos, todo tranquilidad y paz, sin desvío ninguno, que me conducen hacia el control de temperatura… Antes de entrar en la parte de inmigración, hay sendas cámaras, junto a la zona de cuarentena, avisando en inglés que es un punto de control de temperatura corporal, imagino que parando a cualquiera que tuviera fiebre. Pasas entre las cámaras, te recibe una sala enorme con una salida al fondo a la derecha, que conduce al control de inmigración. Allí una línea con separadores, para hacer cola, espera a todos los extranjeros. Varios trabajadores -de edad avanzada, diría que el menor pudiera tener al menos 60 años- van dirigiendo, con un inglés más o menos reconocible, a los extranjeros a cada puesto de inmigración. Allí un operario recibe tu documentación, y te pide por favor que poses tus huellas digitales de los índices en un aparato que está debajo de una cámara que te fotografiará. De allí somos dirigidos a la recogida del equipaje, donde nos esperan policías de inmigración que van parando aleatoriamente a los viajeros para comprobar sus equipajes. Me han visto cara de gaijin sospechoso -nota: gaijin es el término japonés para identificar a un extranjero, literalmente “persona de fuera”, siendo a veces considerado un término peyorativo-, y el policía enmascarado que me toca me pide, con un muy correcto inglés, y más corrección y educación aún, si tengo la amabilidad de abrir mi equipaje. Abro la maleta, a su educada petición, abro las cremalleras y, con sus manos enguantadas, procede a comprobar someramente el contenido del interior de mi equipaje. Me da el visto bueno y se despide -a esas alturas empezaba a llorar de emoción por tanta educación-. Paso un par de pasillos y escaleras mecánicas, y por fin salgo a la terminal del aeropuerto de Narita, que se encuentra a unos 80 kms al este del centro de Tokio. Justo enfrente hay dos compañías de trenes que luchan por enviar a los viajeros, en sus respectivas líneas, a Tokio. Pero antes he de cambiar mis euros a la moneda local. A mi izquierda, nada más dejar la escalera mecánica, hay una sucursal bancaria donde puedes cambiar de tu moneda a yenes, con un porcentaje de pérdida francamente bajo -a mi llegada el euro cotizaba a poco más de 133 yenes, y me cambiaron a 131’81 yenes cada euro-. Me meto en el bolsillo el fajo de billetes y las pocas monedas y lo primero que hago es comprar un billete de tren desde Narita a Tokio.

A estas alturas he de puntualizar que todas las indicaciones y señales están escritas en japonés con sus kanjis, su silabario, y en inglés con caracteres occidentales. La posibilidad de perderse si sabes leer inglés es mínima. Empiezo a seguir flechas e indicaciones y me encuentro justo en el andén del tren que me conducirá a la ciudad de los 40 millones de almas. Apenas se sube gente, en mi vagón estábamos como mucho tres personas, una de ellas una joven nipona con el pelo largo y grasiento, que nada más sentarse se queda totalmente grogui. Yo debo de tener unas 18 horas de sueño sin dormir -salvo las tristes cabezadas del avión-, son las 10 de la mañana hora local, pero no tengo ningún sueño y los ojos abiertos como platos. Es 12 de octubre, día festivo nacional nipón, y pese a ello hay coches atascando las salidas de las carreteras que flanquea el tren. No solo eso, veo también campos de béisbol con chavales jugando a lo lejos -el 12 de octubre es el día del deporte en Japón, en conmemoración de la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos de Tokio de 1964-. El tren va que se las pela, y un trayecto de unos 80 kms los hago en apenas 40 minutos. Me bajo del tren, en la estación que yo creía de Ueno, junto al parque del mismo nombre y…

Salgo al exterior. No sé dónde estoy. Es decir, tengo una ligera idea de dónde estoy, pero no de en qué dirección debo ir, ni de dónde se encuentra mi alojamiento, desde donde yo estoy. Me siento en la escalera de acceso al parque de Ueno, con mi mochila y mi maleta, y saco mi móvil con la fútil intención de obtener alguna conexión wifi abierta y empezar a ayudarme. Después de 10 minutos de hacer nada, se me ocurre empezar a andar, dirección sur, por una calle anchísima de seis carriles, con edificios de 6-7 plantas flanqueándola a ambos lados. Ando, y ando, y empiezo a callejear mirando hacia mi teléfono con cara de terror, pavor, asesino. Harto de deambular, me paro delante de una tiendecilla de las muchas que hay a mi alrededor y con un “sumimasen”, pido ayuda al trabajador de la tienda -nota: sumimasen es una expresión de disculpa que significa “perdone” “disculpe”. Es la forma más común de dirigirse a un desconocido en Japón, entre otros usos-. Él me guía con un pequeño mapa de dónde está mi alojamiento, y allí que termino arribando por fin.


Templos


Al llegar, ¿cuáles fueron sus primeras sensaciones?

Una de las cosas que más me llamó la atención, justo después de dejar el tren en la estación de Ueno, fue el fuerte aroma que desprendía Tokio. No era a polución o a ciudad, parecía que olía a comida. Es algo inefable, no se puede explicar. Además, dado que era un día festivo nacional, había muchísima gente por todas partes. Tokio y su área metropolitana acumulan cuarenta millones de habitantes, así que, en cierto modo, me esperaba que hubiera grandes masas humanas abarrotándolo todo. Otra cosa que me llamaba la atención era que apenas había coches en las calles, en comparación con lo que uno pensaría de una gran ciudad como esta, y otras -salvando las distancias-. También vi muy pocos extranjeros, muy muy pocos, pero los tokiotas parecen estar más o menos acostumbrados -o concentrados en sus asuntos- porque no recibí casi ninguna mirada sorprendida.

¿Cuál fue la agenda de su visita a Japón?, el día a día.

Aquí fui más o menos estricto en mi rutina diaria. El primer día estaba cansado, excitado, aturdido, nervioso, emocionado, y un largo listado de emociones contradictorias entre sí. Del segundo día en adelante mi rutina fue siempre la misma: salir del alojamiento, buscar cualquier cosa que se pudiera comer en un conbini para desayunar y comprar un plato preparado para llevar para el almuerzo -nota: un conbini es un supermercado de 24 horas de muchas empresas diferentes, que plagan cualquier barrio japonés. La palabra viene del inglés “convinience”, porque es muy conveniente tenerlos cerca-. Me iba a la estación de tren más cercana, y desembarcaba en la estación del barrio que tocara visitar ese día. Hacía mis visitas, que solían involucrar unas 10-11 horas de andar, pasear, viajar en tren, y me volvía al alojamiento. En Tokio me iba directo de cabeza a los baños públicos del hotel, donde había un recinto en el que te duchabas primero sentado en una banqueta y, ya limpito, te metías en un jacuzzi gigante con el agua a unos 50º, a relajarte. Puro lujo. Salía de allí, me vestía con la ropa del hotel, y me iba al salón comunal a ver la tele, escribir mi diario de guerra, y preparar qué barrios visitar al día siguiente, mientras recargaba todos los cacharros eléctricos que portaba a diario.

De los lugares visitados ¿cuál le causó una mayor impresión?

Es difícil elegir aquí, puesto que yo buscaba diferentes cosas en Japón, pero he de reconocer que la cabra tira al monte, y lo que más me impresionó, con cierta diferencia respecto a lo demás, fue la Tokyo Sky Tree, en el distrito de Ryogoku de Tokio. La torre más alta del mundo en el país más sísmico del mundo. 640 metros de altura de ingeniería nipona desde la base hasta la punta, todo edificado sobre un centro comercial gigante que se llama Solamachi, literalmente, ciudad del cielo. Es impresionante subir al mirador más elevado, y allá donde alcanza la vista, a 450 metros de altura desde la base, solo ves Tokio y nada más que Tokio.

¿Nos puede contar algunas anécdotas?

Claro, por supuesto. Japón es una cultura radicalmente diferente a la nuestra. Con nuestra me refiero a la europea y, muy concretamente a la española. Y aún más concretamente, a la andaluza. Todo está trufado con por favor, perdón, gracias, disculpe, perdone. El silencio es una máxima casi sagrada. En Yanaka Ginza, un diminuto barrio de Tokio con tiendas pequeñas en edificios de dos plantas, me estuve a punto de chocar con dos turistas que, yo les estaba escuchando hablar, resultaron ser españoles. Me paré en seco y dije “perdone”, puesto que estaba en un país de educación exquisita. La tipa -por llamarla de alguna manera- espetó, sin el más mínimo recato, “no, si va a haber españoles por todas partes”. Desolación es decir poco para lo que sentí por nuestra vieja tierra de conejos.

Una cosa que me pasó muchas veces es la reacción que tiene un nipón típico cuando escucha a un gaijin dirigirse a él en japonés. Ves que se quedan estupefactos, y pasan varios segundos que se les va descomponiendo el rostro mientras intentan articular una respuesta. Cuando por fin se arrancan, suele ser en inglés, y apenas un par de palabras que, curiosamente, responden a la pregunta que les has hecho en japonés.

También de camino a Kioto, volviendo de Nara en tren, se subió un grupo de adolescentes de instituto al mismo. Serían unas cinco chicas y tres chicos. Empezaron a hablar animadamente unos minutos hasta que decayó la conversación y se echaron a dormir, ellas una encima de la otra, como un grupo desmadejado de cachorros de perro. Esto es muy raro, porque los nipones suelen rehuir el contacto físico hasta límites casi enfermizos. Sus saludos son con una inclinación del torso o de la cabeza, a mayor respeto, mayor inclinación. Ver contacto físico entre nipones es extremadamente difícil -aun las parejas, lo máximo que hacen es ir cogidos de la mano-.

En pocas palabras, ¿cómo definiría su viaje a Japón?

Revelador, instructivo, edificante.

Ya en Almuñécar, y con la perspectiva, ¿volvería?

Tenía la sospecha, cuando organizaba el viaje, me informaba, hablaba con mi sensei, con gente que estuvo allí antes que yo, que el viaje me iba a gustar, que iba a querer repetir, que este no iba a ser “mi viaje a Japón”, sino que iba a ser “mi PRIMER viaje a Japón”. He de decir, no sin cierta satisfacción y orgullo, que no me equivoqué ni un ápice. Sí, si las circunstancias lo permiten, volveré. Más veces.

¿Nos quiere contar algo más para concluir?

Cualquier viaje, hasta el más insignificante que se pueda hacer, es un enriquecimiento importante de la persona. Más si cabe en este caso, un país con una cultura milenaria, una gastronomía que poco tiene que envidiarle a la española, que poco a poco se abre a que los extranjeros la visitemos. El país más seguro del mundo, con la fuerza policial más pequeña, en ratio, del planeta. El país de los contrastes, de lo más nuevo en tecnología y ciencia, pero que siguen con dedicación nipona hasta el más mínimo de los detalles y tradiciones. Allá donde fui en Tokio o Kioto había siempre algo raro que ver, o algo extraño que hacer, o alguna comida espectacular que degustar. Recomiendo visitarlo, a cualquiera que le guste viajar. Eso sí, que intente al menos hablar inglés -no voy a pedir hablar japonés, es una lengua ciertamente compleja-.

Mata kondo! -nota: mata kondo significa “hasta la próxima”-

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