
El pianista Kenny Barron actuó en la noche de ayer sábado en la XXV edición del Festival Jazz en la Costa, que se está celebrando desde el sábado 14 en la localidad granadina de Almuñécar.
El jazz se ha convertido en el estilo musical más abierto que hay, en su seno caben ya todas las música prácticamente, pero jazz, en sí mismo, solo hay uno. Kenny Barron lo representó con maestría y grandeza en un programa variado y receptivo como el de Jazz en la Costa. Minutos antes de su actuación, la alcaldesa de Almuñécar, Trinidad Herrera, le entregó la medalla del festival, primera que se otorga en 25 años de existencia de la muestra.
Barron es, con Barry Harris, casi el último de unos pianistas que atesoran el legado de una tradición musical. De él se ha escrito que ha sido uno de los músicos más desaprovechados de la historia del jazz, demasiado joven para ser un clásico y excesivamente mayor para llamar la atención a los más jóvenes. Relativamente, ya que su piano se escucha en más de 300 discos.
Reconocido como uno de los grandes músicos de la historia del jazz, Kenny Barron (Pensylvania, 1943) hizo en este festival una de las escasas apariciones que va a hacer este verano en el calendario de festivales españoles (solo Almuñécar y San Sebastián). No resulta fácil referirse a su pianismo sin caer en la hipérbole pues, depositario de la mejor tradición del piano-jazz, es un clásico dotado de un gran talento camaleónico para adaptarse a cualquier estilo, con un desarrollo armónico refinado y fórmulas rítmicas inexploradas, sin abandonar en ningún momento el sentido jazzístico.
En un auditorio de El Majuelo completamente lleno, el pianista se presentó en el formato que más le gusta, el trío. Y si hay un calificativo que resuma su manera de tocar es el sencillo ‘bonito’, en toda su grandeza y extensión, porque está dotado de una gran elegancia y sutileza. En sus manos, el piano se rindió completamente, permitiéndole hacer diabluras sobre las teclas con la apariencia de la mayor sencillez.
Clásico, romántico, melancólico… Barron hace que el instrumento exprese cualquier emoción humana sin perder el poderoso sentido del swing que le caracteriza. Piezas como Cooks Bay o el fresquito Calypso le acompañan en sus conciertos desde tiempos lejanos (ya sonaron en Granada en un concierto histórico, también porque quedó constancia en CD); tocar My Funny Valentine es medirse con la historia, mientras que otras piezas son tan ‘orgullo de la casa’ como ese homenaje a la actriz Sonia Braga que tiene como sintonía en su web.
No faltaron, al principio y final, recuerdos a viejos colegas como Monk (Shuffle Boil) y al entrañable Dizzy con su explícito Bebop. Aseguró ser feliz y estar como en casa, y hubiera tocado más si no le hubiese despegado el avión dos horas después. Músicos así ya no quedan.
